martes, 28 de marzo de 2017

Por un aprendizaje científico

Manuel Galán Amador
Es urgente que la educación  a través de un aprendizaje científico  se oriente a alimentar la mente, la imaginación, el espíritu y que salga  de la postración en que ha caído. Una educación  en donde los actuales instrumentos de instrucción  se bajen a un segundo plano, o se destierren del todo, para dar paso a aquellos que permitan que el estudiante desarrolle sus potencialidades y habilidades para enfrentarse a problemas reales y llegue a adquirir un cierto grado de destrezas tanto en lo manual como en lo intelectual sin temer a ser original. Es decir, se necesita   que la  educación científica  vaya dirigida a alimentar la mente, la imaginación y el espíritu, antes que simplemente la memoria mecánica, para despertar en el estudiante desde temprana edad la devoción por la  verdadera investigación. Hay que ofrecerle, entonces, al estudiante  la oportunidad de mirar a su alrededor  y ver las cosas que lo rodean, producto de la naturaleza o del hombre en su verdadera  dimensión científica sin misterio  ni oscurantismos. Debemos mostrarle que él no solo puede comprender los principios básicos de las cosas y por ende el mundo y la vida. Si no, además convertirse fácilmente en artífice y parte activa del futuro científico para el bien de la sociedad.

Si bien los pasos que podrían conducir a estos nuevos enfoques parecen obvios, pero en la práctica no resultan nada fáciles. La resistencia que se puede encontrar tanto de parte de estudiantes como de docentes será siempre grande.  El temor a un sistema que no  se vislumbra  bien en su alcance, o  que lleva a un terreno que no se domina, hace a veces que el docente se aferre a métodos antiguos. Por otro lado, el estudiante sabe que el sistema memorista, que no obliga a esforzarse a pensar mucho, le da buenos resultados para obtener las notas que necesita en las evaluaciones; y ésta se ha convertido, junto con los títulos, en sus fines inmediatos e importantes.

El que va a enseñar a reflexionar y pensar científicamente  tiene que haber aprendido antes de ejercitar  esos actos. Además, debe aprender a presentar los hechos y fenómenos científicos de manera que lleguen como verdaderos mensajes inspiradores  a los estudiantes; saber hacer  uso de una serie de instrumentos  y métodos  de estrategias pedagógicas científicas  más  modernas  y escoger ejemplos correctos para así lograr la motivación del estudiante; dominar los principios del método científico y estar en la capacidad de ejecutarlo, para poder presentarse ante sus estudiantes  como persona de mente abierta, dispuesta a analizar, razonar e interpretar los problemas suscitados en las discusiones de los debates en clases; introducir el principio de la duda metódica y critica en sus estudiantes y resaltar las verdades cambiantes de la ciencia dentro del proceso dinámico que ella misma encierra; inculcar en sus estudiantes los hábitos del orden, disciplina y objetividad que la ciencia exige. Pero, sobre todo, el docente debe tener presente que las ciencias  se aprenden permitiendo al estudiante  que vaya descubriendo las cosas por sí mismo, dándole apenas la guía y los elementos necesarios; realizando experiencias dentro del laboratorio que ofrece la naturaleza y su entorno y enseñándole  a buscar su propia información.

En otras palabras, inclinándolos hacia la  autodidaxia como el mejor método  para su formación integral y su adaptación al mundo cambiante del presente y futuro. Finalmente, digamos que ese nuevo docente que se necesita con urgencia debe tener  muy claro la diferencia que existe entre enseñar a sus estudiantes  de memoria todos los nombres  de las calles  y avenidas de una ciudad o el enseñarle  a saber encontrar, en el momento preciso, la dirección requerida.

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